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NACIONALES

Sobre la demolición de la política

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Mempo Giardinelli

Por Mempo Giardinelli

Lo más sensato y sincero que viene a decir hoy esta columna es que, sin asumir actitudes ni reclamos golpistas pero a la vez sin rodeos ni retóricas elusivas, es imperativo empezar a pedir –exigir– la inmediata renuncia del actual presidente Javier Milei y de todo su gabinete.

Frente al derrumbe general de las instituciones de la República, y ante el desastre social que conlleva el abuso de poder por parte del Presidente y sus secuaces, apoderados en forma malévola de las riendas del poder, es ya insostenible la mera contemplación –insoportable para el pueblo trabajador, además– de la acumulación de daños y la creciente desolación social.

La República Argentina padece, ahora mismo, los efectos de la demolición de la política. Que ha dejado de ser entendida como suma de acuerdos, decisiones y medidas tomadas para un armonioso ejercicio del poder en una sociedad democrática, pasando a ser escenario de choques de intereses contrapuestos y desestabilizadores. Por eso, al fracasar esos acuerdos, se demuele toda posibilidad de entender a la política como la mejor manera de ejercer el poder conferido por las urnas.

Lo cierto es que, y al menos en términos teóricos, la política apunta siempre a acabar con todo posible abuso de poder –como sucedió tantas veces en la Argentina– pero hoy, y en manos de una caterva de desaforados que se apoderaron de todas las riendas del poder político, económico y social asistimos a un derrumbe lamentablemente consentido por algunos sectores que por temor u oscuras razones no asumen el rol que sería esperable.

Sobre todo teniéndose en cuenta lo que algunas dirigencias políticas parecen olvidar y otras, ahora en el poder, obviamente ocultan. Y es que desde el origen mismo del actual gobierno se ha instalado –en complicidad con cierto periodismo antinacional– la idea blindada de que el presidente Javier Milei fue elegido en las urnas por una aplastante diferencia de votos, lo que desde hace tres meses se acepta y cacarea como justificación a cualquier decisión, cuando la verdad es que para esa victoria electoral no fue correcta ni verdadera la suma de votos.

Dicho sea clara y precisamente: Milei no fue elegido presidente por más de la mitad del pueblo argentino. Eso en ningún momento fue cierto, como ya lo probó esta columna en la edición de Página/12 del 5 de febrero pasado.

Sí es indudable que Milei fue votado por mayoría de sufragantes, pero su victoria electoral representó solamente el 40,31% del padrón habilitado para votar. Y en cambio el casi 60% restante –esto es: bastante más de la mitad de la población votante– no lo eligió para presidir esta república. Dato que no es baladí dado el estúpido silencio de casi todos los derrotados.

Afirmar y propagandizar aquellos números falsos fue una maniobra –un cuento– mal intencionado y nada inocente. Astutamente se aprovechó el desconcierto de la población y el rápido exitismo desatado por la prensa interesada. Desde antes de cerrarse el escrutinio todos los mentimedios se dedicaron a manipular guarismos y porcentajes, esquivando conteos claros y precisos que estaban a la mano pero se ocultaron. Lo cierto y verdadero fue que Milei no fue «votado por más del 50% del electorado», sino que como candidato recibió exactamente 14.476.462 votos que, aunque no fueron pocos y sirvieron para consagrarlo, la verdad es que representaron sólo la voluntad del 40,31% de los 35.912.841 ciudadanos que estuvieron habilitados para votar. Y tampoco se informó que en ese balotaje sólo votó el 76% del padrón, uno de los registros históricos más bajos.

Lo cierto y urgente es que el infame estado de situación actual de la República debe acabar cuanto antes, y para ello es la ciudadanía la que ahora y en consecuenciatendrá que tomar decisiones graves y necesarias. Y la verdad electoral es un muy buen paso para frenar la soberbia de los supuestos «libertarios», que no son más que cipayos resentidos y violentos.

Es por eso también imperativo y urgente pedirle la renuncia a la totalidad de los senadores y diputados nacionales, acción que más que vaciamiento legislativo implicaría un primer paso en el necesario sinceramiento de la política que la Argentina necesita porque lo necesita su pueblo, hoy desesperanzado y jodido por donde se lo mire y analice.

El desempleo que se extiende como mancha venenosa sobre trabajadores y familias abusadas no sólo es prueba de la bestialidad de las decisiones del poder dizque «libertario», sino que es violencia en sí misma porque produce hambre y desesperación en millones de compatriotas. Son bandidos oportunistas los que están despojando a la República de bienes naturales y productivos que para colmo entregan traidoramente al dominio extranjero.

De tal modo producen también pobreza extrema y desesperanza. Ya se han perdido decenas de miles de fuentes de trabajo que producen injustificable dolor, angustia y desesperanza en los por lo menos 40 millones de compatriotas sumidos hoy en la angustiade la incertidumbre del mañana y el seguro desastre del pasado mañana. Que no otra percepción se tiene y se agrava con cada nueva, estúpida, injustificable y provocadora decisión de un Poder Ejecutivo cipayo y un Poder Legislativo autoanulado, cobarde y seguramente corrupto. Que no otra lectura es posible ante el desastre social.

Es obvio, entonces, que no serán la inacción y el lamento los criterios que pongan punto final a los abusos de bandidos empoderados por una ocasional mayoría de votos resentidos a los que cupo respetar y hemos respetado, pero a quienes si no reaccionan y porque la Patria es primero, no hay razón alguna para seguir disculpando.

La resistencia empieza cada día y en cada debate, en cada calle y cada lugar de trabajo que todavía subsista. Y en el ánimo a recuperar hay que inventariar también que en tanto ciudadanos de esta doliente República no debemos dejar que manadas de brutos, autoritarios y resentidos sigan despedazando la Patria.

Por eso esta columna quiere también, y ahora, hablar de lo nuestro y empezando, como debe ser, por las dirigencias de la democracia, que hacen agua por los cuatro costados. Inexplicables silencios de radicales, socialistas y también de peronistas, los muestran en muchos casos henchidos de visiones cortitas y autoespecializados en fintas para zafar y salir bien parados.

Todo esto, y en circunstancias en que el peronismo parece estar derrotado como otras veces, es urgente. Si de hecho también CFK parece haber bajado los brazos. Al punto que es decididamente ingenuo pensar que «está preparando» alguna salida o recuperación mágica. Paparruchadas, porque encima las últimas acciones peronistas, aunque duela reconocerlo, han beneficiado a la derecha y a los sectores más reaccionarios y cipayos. Ahí están las entregas de Soberanía sobre el Río Paraná y el Canal Magdalena que les debemos a Alberto y a Sergio.

También por eso el peronismo es hoy silencio, parálisis y poca o nula iniciativa. Por eso mejor acabar con simulaciones. El pueblo argentino también se ha equivocado masivamente al votar a una bestia creyendo que era un Salvador. Pero no por eso el pueblo deja de ser lo mejor que tenemos. Escrito sea aunque lluevan acusaciones de «populismo». Por eso y frente a la demolición de la política, por lo menos verdad, patriotismo y acción. Que después no se diga.


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Israel, Irán y la dinámica de lo imprevisible

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Daniel Kersffeld

Por Daniel Kersffeld

Después del ataque terrorista de Hamas el pasado 7 de octubre y de la posterior ofensiva bélica en el territorio de Gaza, la actual confrontación entre Israel e Irán amenaza con convertirse en un hito decisivo en la historia de Medio Oriente, con preocupantes ramificaciones a nivel global.  

Aunque una gran parte de los países europeos y americanos respaldaron a Israel de la reciente agresión con drones y misiles por parte del régimen chiita, eso no oculta ni encubre el aislamiento cada vez mayor en el que se encuentra el gobierno de Benjamin Netanyahu.

Si para las naciones tradicionalmente aliadas, Estados Unidos y Reino Unido, la avanzada israelí en contra de la población palestina resultaba difícil de admitir, la reciente muerte de siete trabajadores humanitarios de la ONG World Central Kitchen por misiles israelíes se convirtió en un llamado de atención directo respecto a los límites que el gobierno de Netanyahu estaba cruzando en medio del fragor de la guerra.

En las actuales circunstancias, el firme respaldo a Israel se convierte en un factor decisivo para los intereses de las principales potencias occidentales.

Pero son cada vez más evidentes las críticas, tanto internas como externas, contra un gobierno que por medio de su accionar bélico demuestra más capacidad para regular los tiempos y administrar su permanencia en el poder que efectividad en el rescate de los más de cien secuestrados que todavía están en manos de Hamas.

En Estados Unidos, demócratas y republicanos lamentan que este conflicto se presente en medio de una campaña electoral extremadamente compleja y, sobre todo, impredecible. Ambos partidos han tratado de capitalizar la crisis en Medio Oriente con suerte dispar pero temiendo una escalada de consecuencias desconocidas.

Joe Biden ha debido hacer malabares, no siempre de manera exitosa, para sostener su postura en contra de Netanyahu y del sesgo adquirido por la ofensiva militar en Gaza. Con una campaña cuesta arriba, intenta hacer equilibrio tratando de no provocar el alejamiento de buena parte de su electorado judío y progresista que, si bien todavía se mantiene leal al Partido Demócrata, suele reaccionar vivamente cuando las críticas apuntan a la política defensiva encarada por Israel.

Por otra parte, y si bien en un principio se podrían señalar las afinidades y coincidencias ideológicas entre Netanyahu y Donald Trump, lo cierto es que su relación está construida en base a resquemores y a la desconfianza mutua. Para el candidato republicano, Netanyahu es un factor de perturbación en Medio Oriente, a quien seguramente preferiría fuera del gobierno si es que vuelve a asumir la primera magistratura en Estados Unidos en enero del 2025.

Más allá del impacto político que la crisis podría provocar en los Estados Unidos, tampoco parecería beneficiar a Rusia. Si desde Washington pudieron mantener una tibia satisfacción al notar los esfuerzos que Moscú deberá llevar adelante para pacificar su tradicional área de influencia, la acción en solitario de Teherán podría en cambio descolocar toda labor posterior para encausar el conflicto en carriles más previsibles.

Es cierto que el conflicto con Ucrania ha sido útil para que Rusia e Irán reforzaran una añeja alianza militar, pero la inevitable respuesta israelí podría desequilibrar a Siria, una de las principales bases despliegue del gobierno de Vladimir Putin en Oriente Medio.

Con todo, desde Occidente esperan no sin cierta expectativa la labor diplomática que pueda ser encarada desde Moscú, ya que Rusia es tal vez el único país con un nivel de influencia apreciable capaz de entablar un diálogo convincente con el régimen chiita pero también con la administración israelí, dadas la histórica relación establecida entre Putin y Netanyahu a partir de determinadas miradas y diagnósticos coincidentes en torno a la política internacional y a la geopolítica regional.

La otra nación sobre la que existe cierto optimismo por las negociaciones que pueda llevar adelante es China, cuyo gobierno mantiene una influencia importante sobre Irán, especialmente, desde que el año pasado favoreció el establecimiento de relaciones diplomáticas entre el Estado persa y Arabia Saudita, los principales rivales en el espacio de religioso y político del islam.

En las últimas horas, varios gobiernos occidentales (incluso los de Estados Unidos y Reino Unido) se comunicaron con Beijing, aprovechando la dependencia del petróleo y el gas proveniente de Irán, y el hecho de que el régimen de los ayatolas ha devenido una pieza fundamental en la expansión económica y comercial de China hacia los mercados europeos.

Pese al aislamiento en que se encuentra y a las presiones de los gobiernos occidentales, Netanyahu todavía se mantiene en el poder gracias a su indudable capacidad para mantener unida a su coalición de gobierno.

Sostenido por 64 de los 120 escaños de la Knesset, el gobierno está construido a partir de una alianza centralizada en el Likud y que además incluye a partidos ultraortodoxos y las vertientes ultranacionalistas lideradas por el ministro de seguridad nacional Itamar Ben-Gvir y por el ministro de finanzas Bezalel Smotrich.

Lo fundamental hoy para Netanyahu es que la coalición se mantenga unida hasta que su mandato oficialmente concluya en 2026. Si la prioridad es la atención económica a los judíos ortodoxos, su principal base electoral, también es consciente de que cualquier concesión a los palestinos podría detonar el alejamiento de la extrema derecha y la pérdida de la mayoría parlamentaria que lo sustenta en el poder.

Más allá de la fortaleza exhibida hasta ahora, Netanyahu sabe que podría ser destituido sin elecciones, mediante un voto de censura en la Knesset. Pero para eso requeriría que al menos cinco legisladores dentro de su coalición votaran en su contra, y que junto al resto de los parlamentarios de la oposición se pusieran de acuerdo sobre un candidato para asumir el cargo de Primer Ministro.

Se trata de una eventualidad que, al menos hasta la actual crisis con Irán, era observada como una posibilidad remota en Israel. En todo caso, habrá que ver si el desencadenamiento de los hechos y la imprevisibilidad de un conflicto que mantiene en vilo a todo el mundo finalmente no acelera los tiempos en contra de la permanencia en el poder de Netanyahu.


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