Endeudamiento familiar en Argentina: cuando la economía del hogar se vuelve una carrera de resistencia

Por estos días, los datos del Banco Central de la República Argentina revelan una postal que ya no sorprende, pero sí alarma: las familias argentinas atraviesan el mayor nivel de endeudamiento y morosidad de las últimas décadas. El informe del BCRA confirma un récord histórico en saldos impagos de tarjetas de crédito y préstamos personales, un indicador que no sólo habla del presente económico, sino también de un modelo que hace tiempo dejó de ofrecer estabilidad.

Info. General21/11/2025Patagonia NexoPatagonia Nexo
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Lo que muestran los números es contundente: el ratio de irregularidad creció en septiembre por undécimo mes consecutivo, llegando a un 7,3% en los hogares. Si el endeudamiento solía ser una herramienta para aliviar tensiones o financiar proyectos, hoy se convirtió en un salvavidas de plomo. Las familias piden crédito para pagar deudas anteriores, refinancian saldos mínimos eternos o difieren pagos que ya no pueden afrontar. El círculo se estrecha.

La tarjeta de crédito, de aliada a trampa


Las tarjetas de crédito pasaron a ser el termómetro más sensible de la crisis. Con una morosidad del 7,4%, siete décimas más que el mes previo, muestran que las familias ya no pueden cubrir ni siquiera los consumos básicos que antes se pateaban a futuro. En paralelo, los préstamos personales —aquellos que históricamente se usaban para completar compras o financiar mejoras en el hogar— alcanzaron una irregularidad del 9,1%. En agosto estaban en 8,2%. El salto, en apenas un mes, es alarmante.

Lejos de tratarse de un fenómeno aislado, la morosidad crece porque los ingresos llevan años perdiendo la carrera contra la inflación, mientras el costo del crédito se vuelve prohibitivo. Los aumentos de servicios, alimentos y combustibles corren con una velocidad que ningún bolsillo acompaña. Y en ese contexto, la financiación termine siendo el único recurso, aunque cada vez más caro y más breve.

Un país donde el sueldo ya no alcanza


No es casual que la curva de endeudamiento siga en ascenso. Durante casi un año, la morosidad avanzó mes a mes, sin pausa. Las familias pagan menos porque pueden menos. El salario real continúa en caída libre, la informalidad crece y la estabilidad laboral es una quimera para millones de personas.

En ese marco, endeudarse dejó de ser una elección: pasó a ser un mecanismo de supervivencia. Comprar comida, cargar la SUBE, pagar alquiler o sostener el negocio familiar depende cada vez más de refinanciar pagos, estirar límites y aceptar tasas que hace tres años hubieran parecido impensadas. La banca, mientras tanto, sigue acumulando ganancias, aun con mayor irregularidad, porque los intereses se convierten en un colchón sobre el deterioro.

No sólo las familias: las empresas también agonizan


Aunque el fenómeno golpea más fuerte en los hogares, el sector empresarial no está ajeno. La morosidad pasó del 1,4% al 1,7%. Puede parecer un número menor, pero detrás de esas décimas hay pymes que no llegan a cubrir costos, comercios que afrontan caída de ventas y productores que venden sin precio de reposición. Si la economía real se detiene, la rueda del crédito también se traba.

Un modelo que ya no resiste


Los números del BCRA, lejos de mostrar una desviación pasajera, exhiben una tendencia que se sostiene desde hace años: la economía argentina empuja a las familias a endeudarse para vivir, mientras el sistema financiero ajusta las tuercas sin ofrecer alternativas reales de alivio.

El ratio de irregularidad total —familias y empresas— trepó al 4,2%, medio punto más que en agosto. No es un simple dato técnico: es el reflejo de un país donde la mayoría gasta más de lo que gana, no por irresponsabilidad, sino por necesidad.

¿Y ahora qué?


La pregunta es si se puede revertir este panorama sin una política que recupere los ingresos reales, ordene la inflación y permita que el crédito vuelva a ser una herramienta de progreso, no una condena. Hoy, cada familia que refinancia su tarjeta o que cae en mora está pagando no sólo un interés, sino el costo de una economía que hace tiempo perdió rumbo.

El endeudamiento de los hogares ya no es sólo un problema financiero: es un síntoma social, un indicador de angustia y agotamiento. Un país donde millones viven a crédito no puede proyectar un futuro estable. Y ese es, quizás, el dato más preocupante de todos.

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