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Entre el ajuste y la geopolítica: el rumbo del gobierno tras las elecciones

El gobierno lee las elecciones como un cheque en blanco para seguir con lo mismo. Y lo mismo es un desastre: salarios en caída libre, casi 250 mil puestos registrados menos que cuando asumió Milei, y una política económica insostenible que solo patean para adelante con deuda. ¿El último salvataje? Lo lograron, sí, pero a qué costo. Y el mensaje es claro: nombraron a Pablo Quirno, ex secretario de Finanzas, como canciller.
¿El tipo que administra la deuda? Ahora maneja la política exterior. No vamos a abrir mercados ni a exportar más. Vamos a pedir más dólares para pagar lo que debemos. Ayer asumió el nuevo embajador de EE.UU., Peter Lamelas. Y no viene de turista.
El Gobierno parece leer el resultado electoral como un cheque en blanco. Y con eso, decide profundizar el mismo rumbo económico que nos llevó a salarios en caída, pérdida de empleo y una dependencia cada vez mayor del endeudamiento externo.
La designación de Pablo Quirno como canciller es un símbolo de esta lógica: el funcionario encargado de administrar la deuda ahora será quien represente la política exterior del país. No es una apuesta por abrir mercados para producir más, sino por garantizar el acceso a dólares para seguir pagando compromisos. La diplomacia, reducida a gestión financiera.
A esto se suma la llegada del nuevo embajador de Estados Unidos, con un mensaje claro y directo: los recursos estratégicos de Argentina —litio, energía, minerales críticos— deben integrarse a una agenda que prioriza intereses externos. No es un secreto: lo dicen en voz alta. Empresas norteamericanas primero, China afuera, y aceleración en la extracción de nuestros recursos.
Mientras tanto, en nuestro país, los números hablan: casi 250 mil empleos registrados menos que cuando comenzó esta gestión. El salario real sigue cayendo. La mesa de los argentinos está cada vez más vacía. Y la deuda, lejos de resolverse, se patea hacia adelante, creciendo en silencio, escondida incluso en deuda interna que tarde o temprano habrá que pagar.
La pregunta es sencilla:
¿Quién decide el rumbo de nuestro futuro?
¿La voluntad democrática del pueblo argentino o los intereses de quienes vienen a buscar ganancias rápidas sobre nuestros recursos?
No se trata de inventar enemigos. Se trata de algo mucho más básico: definir si el país tiene un proyecto propio o si lo que estamos viendo es la entrega del manejo económico y territorial a actores externos.
Porque un país puede atravesar crisis y en eso estamos curtidos. Puede discutir modelos. Puede cambiar gobiernos.
Lo que no puede hacer es resignar su capacidad de decidir sobre sí mismo.
Si hoy no se frena este camino, mañana el costo no será abstracto: será concreto, cotidiano y personal.
Lo pagaremos en trabajo, en territorio, en futuro.
Y esas deudas, a diferencia de las financieras, no se renegocian.
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