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Las universidades nacionales piden al gobierno actualizar el presupuesto

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Con los montos asignados en 2023 y prorrogados para este año, las casas de altos estudios podrían funcionar hasta abril. Algunas ya advierten que peligra el inicio de clases, otras solicitan mejorar los canales de diálogo y también están las que deben ajustar la oferta académica para afrontar la situación.  
Pablo Esteban

Por Pablo Esteban

Al igual que otros sectores que dependen de la administración pública nacional, las universidades ya comienzan a comunicar sus primeros signos de alerta. El gobierno decidió prorrogar el presupuesto de 2023 para este año y según lo estimado a partir de la inflación de los últimos meses (25,5 por ciento en diciembre y 20 por ciento en enero), las casas de estudio podrán funcionar, con suerte, hasta abril o mayo, ya que a partir de ese momento ya no estarán en condiciones de cumplir con funciones básicas. Tampoco hay muchos avances en materia de paritarias para docentes y trabajadores no docentes. Bajo esta premisa, algunas universidades optan por poner en marcha estrategias de recorte de la oferta académica para reducir gastos, mientras que otras –de manera más rotunda– ponen en duda el inicio del ciclo lectivo. A tan solo dos meses de la asunción de Milei, el deterioro ya comienza a observarse.

La UBA, a través de su Consejo Superior, expresó su “extrema preocupación”. Así, por intermedio de una declaración, las autoridades difundieron: “Se solicitará al Gobierno Nacional que disponga de un presupuesto actualizado para el presente año que garantice la continuidad de sus funciones académicas, de investigación, salud y extensión, además de la actualización de las partidas vinculadas a paritarias docente y no docente”. La Universidad Nacional de Quilmes, por su parte, va un paso más allá y la semana que viene podría declarar la emergencia económica. 

Desde la Universidad Nacional de Río Cuarto se pronunciaron en la misma línea y, a través de un comunicado oficial, difundieron: “El presupuesto 2023 reconducido, con un ritmo inflacionario creciente desde entonces, implica que de no mediar una recomposición vamos a tener inconvenientes para el pago de servicios generales, devaluación de las becas, afectación del sistema alimentario, adquisición de insumos para docencia e investigación, programas especiales, entre otras tantas actividades que hacen al quehacer institucional”.

El malestar no es la excepción sino la norma. En declaraciones recientes a Télam, el rector de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), Franco Bartolacci, manifestó que el presente de la UNR “es muy complejo” y que “será muy difícil llegar más allá del primer semestre”.

Uno de los nudos más sensibles se vincula con la paritaria y el objetivo que tienen las casas de estudio de recomponer el poder adquisitivo de los trabajadores. En la última semana, se ofreció un 6 por ciento de incremento para febrero y fue rechazado por el Frente Sindical Universitario, que nuclea a los principales gremios del sector. Desde las agrupaciones comunicaron: «La pérdida del poder adquisitivo del salario de docentes y no docentes es de más del 50 por ciento respecto de la inflación de los meses de diciembre y enero», advirtieron. Y completaron: «Lo mínimo que reclamamos es que nuestros salarios no pierdan respecto de la inflación; la propuesta del Gobierno está muy lejos de esa equiparación«.

A diferencia de lo que sucedía con el gobierno anterior en que Educación tenía una cartera exclusiva y rango de ministerio, en el presente, los gremios y las autoridades universitarias nucleadas en el Consejo Interuniversitario Nacional conversan con el secretario de Educación, Carlos Torrendell, y específicamente con Alejandro Álvarez, subsecretario de Políticas Universitarias. Ambos funcionarios responden al Ministerio de Capital Humano, a cargo de Sandra Pettovello.

Decisiones en tiempos de crisis

Hay que tener en cuenta que de no modificarse la situación presupuestaria, difícilmente, las universidades puedan seguir con sus funciones de educación, investigación y extensión. Más allá de las diversas manifestaciones de preocupación ante un presente penoso y un porvenir aún más oscuro, hay algunas instituciones que ya se han visto obligadas a adoptar medidas.

Es el caso de la Universidad Nacional de Quilmes que, hace unos días, comunicó a sus estudiantes: “El Gobierno Nacional decidió prorrogar el presupuesto de 2023 y no enviar al Congreso un presupuesto para 2024. Esa falta de actualización significa una fuerte reducción de los recursos necesarios para el normal funcionamiento de las universidades. Como consecuencia del congelamiento presupuestario, una parte de la oferta académica de grado y pregrado se adecuará a las posibilidades presupuestarias actuales. Ya no será posible costear cursos adicionales y contratos de docentes extra”.

Como resultado, en los próximos períodos de inscripción a materias se establecen nuevos topes: en la modalidad presencial, por caso, los alumnos podrán anotarse en dos materias y se habilitará la inscripción a una tercera en una fecha prevista de manera específica. Desde la UNQ, advierten: “Lamentamos tener que adoptar estas medidas, y exhortamos, una vez más, a las autoridades nacionales a revertir estas decisiones en el menor tiempo posible”.

Buenos Aires, la provincia oasis

Mientras que el gobierno a nivel nacional niega el rol fundamental que cumplen las universidades nacionales como base para el modelo de desarrollo productivo e inclusivo de la sociedad, a nivel provincial sucede todo lo contrario.

De manera reciente, el gobernador bonaerense Axel Kicillof comunicó una noticia que apunta a jerarquizar el área de la ciencia y la tecnología, y su vínculo con las universidades. Mientras que Roberto Salvarezza –ex ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación– fue designado al frente de la Comisión de Investigaciones Científicas de Buenos Aires (CIC) –un organismo similar al Conicet, pero a nivel provincial–, Alejandro Villar, exrector de la UNQ, fue nombrado nuevo director ejecutivo del Consejo Provincial de Coordinación con el Sistema Universitario y Científico.

El objetivo de este espacio institucional, precisamente, es desarrollar acciones de transferencia tecnológica para la solución de problemáticas provinciales y asesorar sobre procesos de integración regional. El conocimiento, en este caso y a contramano de lo que ocurre a nivel país, es definido como un medio para transformar realidades y resolver necesidades.

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Israel, Irán y la dinámica de lo imprevisible

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Daniel Kersffeld

Por Daniel Kersffeld

Después del ataque terrorista de Hamas el pasado 7 de octubre y de la posterior ofensiva bélica en el territorio de Gaza, la actual confrontación entre Israel e Irán amenaza con convertirse en un hito decisivo en la historia de Medio Oriente, con preocupantes ramificaciones a nivel global.  

Aunque una gran parte de los países europeos y americanos respaldaron a Israel de la reciente agresión con drones y misiles por parte del régimen chiita, eso no oculta ni encubre el aislamiento cada vez mayor en el que se encuentra el gobierno de Benjamin Netanyahu.

Si para las naciones tradicionalmente aliadas, Estados Unidos y Reino Unido, la avanzada israelí en contra de la población palestina resultaba difícil de admitir, la reciente muerte de siete trabajadores humanitarios de la ONG World Central Kitchen por misiles israelíes se convirtió en un llamado de atención directo respecto a los límites que el gobierno de Netanyahu estaba cruzando en medio del fragor de la guerra.

En las actuales circunstancias, el firme respaldo a Israel se convierte en un factor decisivo para los intereses de las principales potencias occidentales.

Pero son cada vez más evidentes las críticas, tanto internas como externas, contra un gobierno que por medio de su accionar bélico demuestra más capacidad para regular los tiempos y administrar su permanencia en el poder que efectividad en el rescate de los más de cien secuestrados que todavía están en manos de Hamas.

En Estados Unidos, demócratas y republicanos lamentan que este conflicto se presente en medio de una campaña electoral extremadamente compleja y, sobre todo, impredecible. Ambos partidos han tratado de capitalizar la crisis en Medio Oriente con suerte dispar pero temiendo una escalada de consecuencias desconocidas.

Joe Biden ha debido hacer malabares, no siempre de manera exitosa, para sostener su postura en contra de Netanyahu y del sesgo adquirido por la ofensiva militar en Gaza. Con una campaña cuesta arriba, intenta hacer equilibrio tratando de no provocar el alejamiento de buena parte de su electorado judío y progresista que, si bien todavía se mantiene leal al Partido Demócrata, suele reaccionar vivamente cuando las críticas apuntan a la política defensiva encarada por Israel.

Por otra parte, y si bien en un principio se podrían señalar las afinidades y coincidencias ideológicas entre Netanyahu y Donald Trump, lo cierto es que su relación está construida en base a resquemores y a la desconfianza mutua. Para el candidato republicano, Netanyahu es un factor de perturbación en Medio Oriente, a quien seguramente preferiría fuera del gobierno si es que vuelve a asumir la primera magistratura en Estados Unidos en enero del 2025.

Más allá del impacto político que la crisis podría provocar en los Estados Unidos, tampoco parecería beneficiar a Rusia. Si desde Washington pudieron mantener una tibia satisfacción al notar los esfuerzos que Moscú deberá llevar adelante para pacificar su tradicional área de influencia, la acción en solitario de Teherán podría en cambio descolocar toda labor posterior para encausar el conflicto en carriles más previsibles.

Es cierto que el conflicto con Ucrania ha sido útil para que Rusia e Irán reforzaran una añeja alianza militar, pero la inevitable respuesta israelí podría desequilibrar a Siria, una de las principales bases despliegue del gobierno de Vladimir Putin en Oriente Medio.

Con todo, desde Occidente esperan no sin cierta expectativa la labor diplomática que pueda ser encarada desde Moscú, ya que Rusia es tal vez el único país con un nivel de influencia apreciable capaz de entablar un diálogo convincente con el régimen chiita pero también con la administración israelí, dadas la histórica relación establecida entre Putin y Netanyahu a partir de determinadas miradas y diagnósticos coincidentes en torno a la política internacional y a la geopolítica regional.

La otra nación sobre la que existe cierto optimismo por las negociaciones que pueda llevar adelante es China, cuyo gobierno mantiene una influencia importante sobre Irán, especialmente, desde que el año pasado favoreció el establecimiento de relaciones diplomáticas entre el Estado persa y Arabia Saudita, los principales rivales en el espacio de religioso y político del islam.

En las últimas horas, varios gobiernos occidentales (incluso los de Estados Unidos y Reino Unido) se comunicaron con Beijing, aprovechando la dependencia del petróleo y el gas proveniente de Irán, y el hecho de que el régimen de los ayatolas ha devenido una pieza fundamental en la expansión económica y comercial de China hacia los mercados europeos.

Pese al aislamiento en que se encuentra y a las presiones de los gobiernos occidentales, Netanyahu todavía se mantiene en el poder gracias a su indudable capacidad para mantener unida a su coalición de gobierno.

Sostenido por 64 de los 120 escaños de la Knesset, el gobierno está construido a partir de una alianza centralizada en el Likud y que además incluye a partidos ultraortodoxos y las vertientes ultranacionalistas lideradas por el ministro de seguridad nacional Itamar Ben-Gvir y por el ministro de finanzas Bezalel Smotrich.

Lo fundamental hoy para Netanyahu es que la coalición se mantenga unida hasta que su mandato oficialmente concluya en 2026. Si la prioridad es la atención económica a los judíos ortodoxos, su principal base electoral, también es consciente de que cualquier concesión a los palestinos podría detonar el alejamiento de la extrema derecha y la pérdida de la mayoría parlamentaria que lo sustenta en el poder.

Más allá de la fortaleza exhibida hasta ahora, Netanyahu sabe que podría ser destituido sin elecciones, mediante un voto de censura en la Knesset. Pero para eso requeriría que al menos cinco legisladores dentro de su coalición votaran en su contra, y que junto al resto de los parlamentarios de la oposición se pusieran de acuerdo sobre un candidato para asumir el cargo de Primer Ministro.

Se trata de una eventualidad que, al menos hasta la actual crisis con Irán, era observada como una posibilidad remota en Israel. En todo caso, habrá que ver si el desencadenamiento de los hechos y la imprevisibilidad de un conflicto que mantiene en vilo a todo el mundo finalmente no acelera los tiempos en contra de la permanencia en el poder de Netanyahu.


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