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Cristina propone un pacto parlamentario para proteger la caja de las provincias

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La ex presidenta cree que la discusión del momento no es ideológica ni partidaria, se trata de sancionar leyes para garantizar los recursos de las provincias.

Cristina Kirchner está convencida que este año la discusión central de la Argentina debe darse en el Congreso. «La justicia tiene tiempos muy lentos y el ajuste sobre las provincias las va a poner en crisis en dos o tres meses», evalúa un dirigente del kirchnerismo que habla con la ex presidenta.

Por eso, Cristina cree que la ferocidad del ajuste que lanzó Milei obliga a deponer pruritos partidarios, ideológicos y hasta especulaciones electorales, para trabajar un acuerdo parlamentario que reponga a las provincias los recursos que necesitan para sobrevivir. Esto es lo básico: pagar sueldos de estatales, municipales, policías, médicos y docentes.

Los mecanismos posibles van desde reponer por ley el Fondo Docente, hasta sancionar la coparticipación de un parte del impuesto PAIS, restituir el Fondo Sojero que devuelve a las provincias el 30 por ciento de lo que recaudan las retenciones o cualquier otra alternativa que surja de los acuerdos en el Congreso.

La oposición dialoguista tiene que cruzar el Rubicón y atreverse a votar junto al peronismo. Porque no se trata sólo de conseguir la mayoría para sancionar las leyes, sino de alcanzar los dos tercios para poder rechazar un veto de Milei, que se descuenta inevitable.

Política gonzo

La velocidad es un tema central. En el entorno de la ex presidenta ven a Milei «avanzando a 180 kilómetros por hora y sin frenar en las curvas». Por eso, creen que el acuerdo parlamentario tiene que ocurrir rápido, porque en pocas semanas la crisis puede empezar a estallar en las provincias. Ya hubo amagues de sublevación policial en Tucumán y Catamarca. «Estamos ante un problema de caja, después viene la política», sintetizan.

La velocidad es un tema central. En el entorno de la ex presidenta ven a Milei «avanzando a 180 kilómetros por hora y sin frenar en las curvas». 

La ex presidenta está convencida que el plan de Milei sigue siendo la dolarización, que podría ocurrir en los próximos meses. «Milei no puede seguir ajustando eternamente, necesita cristalizar esta situación, por eso va a dolarizar», explica un economista que habla con Cristina sobre el modelo en marcha. Un experimento que puede llevar al país a una tensión límite porque «hay mucha gente que no está de acuerdo con dolarizar».

«Esto la Argentina nunca lo vivió, no es neoliberalismo, esto es anarcocapitalismo», agrega el economista que cree que si Milei tiene éxito, Argentina se convertirá en un típico país latinoamericano «con una clase media muy enflaquecida, una altísima pobreza estructural y un núcleo muy concentrado y pequeño de grandes riquezas». «Es la muerte definitiva del país del ascenso social», vaticinan.

Los asesores que rodean a la ex presidenta analizan al detalle el impacto del ajuste sobre la sociedad y creen que paradójicamente, Milei es beneficiario de las política sociales de las últimas décadas. «En el 2001 no existía la AUH, ni el Plan Alimentar, ni las moratorias jubilatorias. Hoy un jubilado cobra 180 mil pesos, que es muy poco, pero en el 2001 cobraba cero, por eso todavía la sociedad aguanta», explican.

De hecho uno de los gráficos que la ex presidenta sigue con más atención es la evolución del índice salarial (Ripte) cruzado con la línea de la pobreza. Si bien desde que asumió Milei se desplomó, acentuando una caída iniciada en los gobiernos de Macri y Alberto, todavía no perforó la línea de la pobreza como ocurrió en el 2001.

«La onda más fuerte del ajuste es probable que se sienta entre marzo y abril, como dice el propio Milei», reconocen en el entorno de Cristina. ¿Significa esto que en ese momento es posible que la Argentina enfrente un estallido social?

Cristina propone un pacto parlamentario para proteger la caja de las provincias

«Nadie puede predecir el desencadenante de una crisis, seguramente antes de Carrasco hubo muchos conscriptos muertos o torturados, pero ese día la sociedad dijo basta y la colimba cayó ¿Por qué no ocurrió antes o después? Imposible saberlo», explica un dirigente que suele hablar de estos temas con la ex presidenta.

Por eso, Cristina analiza dos momentos. Uno urgente que es el acuerdo parlamentario para proteger los recursos que necesitan las provincias para sobrevivir este año. Y otro más político que es abrir en el peronismo una discusión que adecúe sus propuestas al nuevo mundo que se abrió con la irrupción de Milei, imposible de disociar de la frustrada experiencia de gobierno de Alberto Fernández.

Algo de esto planteó Cristina en su último documento, donde avanzó sobre temas tabúes para el ideario kirchnerista como las privatizaciones, un régimen especial para las grandes inversiones, la reforma laboral y la necesidad de mantener el equilibrio fiscal. «Todos hablan del Estado presente, pero esos mismos dirigentes que defienden la escuela pública mandan a sus hijos a colegios privados, defienden la salud pública y tienen prepaga y viven en countries custodiados. Hay que sincerar la discusión sobre que Estado tenemos», reflexiona un dirigente importante del kirchnerismo, crítico de alguno de sus pares.

La ex presidenta suele comentar que ella no está en contra de la participación privada en empresas públicas y pone como ejemplo el modelo de YPF.

El documento, incluso motivo un interesantísimo intercambio entre la ex presidenta y el líder de La Bancaria, Sergio Palazzo. El diputado le cuestionó que incluyera entre los temas a debatir las privatizaciones. «Sergio, si el Banco Nación tuviera 50% de capital privado y cotizara en Wall Street como el Macro o el Galicia ¿Vos pensás que hubiera pasado por el directorio un préstamo como el de Vicentín?», lo desafió Cristina.

En efecto la ex presidenta suele comentar que ella no está en contra de la participación privada en empresas públicas y pone como ejemplo el modelo de YPF.

Esa parte propositiva del documento de Cristina parece buscar abrir una discusión para una actualización del peronismo, que claro, debe sortear la crisis de liderazgo que transita.

Una crisis que no se resuelve solamente con el relevo de Alberto Fernández de la presidencia del partido y que plantea desafíos mucho más profundos y que llevan a preguntarse porqué dirigentes exitosos que se han convertido en gobernadores, como Martín Llaryora, Rolo Figueroa o Claudio Vidal, han decidido alejarse del peronismo.


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Israel, Irán y la dinámica de lo imprevisible

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Daniel Kersffeld

Por Daniel Kersffeld

Después del ataque terrorista de Hamas el pasado 7 de octubre y de la posterior ofensiva bélica en el territorio de Gaza, la actual confrontación entre Israel e Irán amenaza con convertirse en un hito decisivo en la historia de Medio Oriente, con preocupantes ramificaciones a nivel global.  

Aunque una gran parte de los países europeos y americanos respaldaron a Israel de la reciente agresión con drones y misiles por parte del régimen chiita, eso no oculta ni encubre el aislamiento cada vez mayor en el que se encuentra el gobierno de Benjamin Netanyahu.

Si para las naciones tradicionalmente aliadas, Estados Unidos y Reino Unido, la avanzada israelí en contra de la población palestina resultaba difícil de admitir, la reciente muerte de siete trabajadores humanitarios de la ONG World Central Kitchen por misiles israelíes se convirtió en un llamado de atención directo respecto a los límites que el gobierno de Netanyahu estaba cruzando en medio del fragor de la guerra.

En las actuales circunstancias, el firme respaldo a Israel se convierte en un factor decisivo para los intereses de las principales potencias occidentales.

Pero son cada vez más evidentes las críticas, tanto internas como externas, contra un gobierno que por medio de su accionar bélico demuestra más capacidad para regular los tiempos y administrar su permanencia en el poder que efectividad en el rescate de los más de cien secuestrados que todavía están en manos de Hamas.

En Estados Unidos, demócratas y republicanos lamentan que este conflicto se presente en medio de una campaña electoral extremadamente compleja y, sobre todo, impredecible. Ambos partidos han tratado de capitalizar la crisis en Medio Oriente con suerte dispar pero temiendo una escalada de consecuencias desconocidas.

Joe Biden ha debido hacer malabares, no siempre de manera exitosa, para sostener su postura en contra de Netanyahu y del sesgo adquirido por la ofensiva militar en Gaza. Con una campaña cuesta arriba, intenta hacer equilibrio tratando de no provocar el alejamiento de buena parte de su electorado judío y progresista que, si bien todavía se mantiene leal al Partido Demócrata, suele reaccionar vivamente cuando las críticas apuntan a la política defensiva encarada por Israel.

Por otra parte, y si bien en un principio se podrían señalar las afinidades y coincidencias ideológicas entre Netanyahu y Donald Trump, lo cierto es que su relación está construida en base a resquemores y a la desconfianza mutua. Para el candidato republicano, Netanyahu es un factor de perturbación en Medio Oriente, a quien seguramente preferiría fuera del gobierno si es que vuelve a asumir la primera magistratura en Estados Unidos en enero del 2025.

Más allá del impacto político que la crisis podría provocar en los Estados Unidos, tampoco parecería beneficiar a Rusia. Si desde Washington pudieron mantener una tibia satisfacción al notar los esfuerzos que Moscú deberá llevar adelante para pacificar su tradicional área de influencia, la acción en solitario de Teherán podría en cambio descolocar toda labor posterior para encausar el conflicto en carriles más previsibles.

Es cierto que el conflicto con Ucrania ha sido útil para que Rusia e Irán reforzaran una añeja alianza militar, pero la inevitable respuesta israelí podría desequilibrar a Siria, una de las principales bases despliegue del gobierno de Vladimir Putin en Oriente Medio.

Con todo, desde Occidente esperan no sin cierta expectativa la labor diplomática que pueda ser encarada desde Moscú, ya que Rusia es tal vez el único país con un nivel de influencia apreciable capaz de entablar un diálogo convincente con el régimen chiita pero también con la administración israelí, dadas la histórica relación establecida entre Putin y Netanyahu a partir de determinadas miradas y diagnósticos coincidentes en torno a la política internacional y a la geopolítica regional.

La otra nación sobre la que existe cierto optimismo por las negociaciones que pueda llevar adelante es China, cuyo gobierno mantiene una influencia importante sobre Irán, especialmente, desde que el año pasado favoreció el establecimiento de relaciones diplomáticas entre el Estado persa y Arabia Saudita, los principales rivales en el espacio de religioso y político del islam.

En las últimas horas, varios gobiernos occidentales (incluso los de Estados Unidos y Reino Unido) se comunicaron con Beijing, aprovechando la dependencia del petróleo y el gas proveniente de Irán, y el hecho de que el régimen de los ayatolas ha devenido una pieza fundamental en la expansión económica y comercial de China hacia los mercados europeos.

Pese al aislamiento en que se encuentra y a las presiones de los gobiernos occidentales, Netanyahu todavía se mantiene en el poder gracias a su indudable capacidad para mantener unida a su coalición de gobierno.

Sostenido por 64 de los 120 escaños de la Knesset, el gobierno está construido a partir de una alianza centralizada en el Likud y que además incluye a partidos ultraortodoxos y las vertientes ultranacionalistas lideradas por el ministro de seguridad nacional Itamar Ben-Gvir y por el ministro de finanzas Bezalel Smotrich.

Lo fundamental hoy para Netanyahu es que la coalición se mantenga unida hasta que su mandato oficialmente concluya en 2026. Si la prioridad es la atención económica a los judíos ortodoxos, su principal base electoral, también es consciente de que cualquier concesión a los palestinos podría detonar el alejamiento de la extrema derecha y la pérdida de la mayoría parlamentaria que lo sustenta en el poder.

Más allá de la fortaleza exhibida hasta ahora, Netanyahu sabe que podría ser destituido sin elecciones, mediante un voto de censura en la Knesset. Pero para eso requeriría que al menos cinco legisladores dentro de su coalición votaran en su contra, y que junto al resto de los parlamentarios de la oposición se pusieran de acuerdo sobre un candidato para asumir el cargo de Primer Ministro.

Se trata de una eventualidad que, al menos hasta la actual crisis con Irán, era observada como una posibilidad remota en Israel. En todo caso, habrá que ver si el desencadenamiento de los hechos y la imprevisibilidad de un conflicto que mantiene en vilo a todo el mundo finalmente no acelera los tiempos en contra de la permanencia en el poder de Netanyahu.


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