
Estabilidad sin crecimiento: la vidriera ordenada y el depósito vacío
Info. General16/02/2026
Patagonia Nexo
Por estos días el Gobierno exhibe con orgullo un logro que hace un año parecía inalcanzable: dólar estable, reservas en recuperación y un Banco Central comprador. Más de USD 2.000 millones acumulados en lo que va del año, reservas por encima de los USD 45.000 millones, depósitos en dólares del sector privado en niveles récord y un tipo de cambio oficial moviéndose cómodo dentro de la banda. Para la Argentina reciente, no es poco.
El problema es que, mientras la vidriera financiera luce prolija, la economía real parece transitar otro paisaje. Y esa tensión ya no la señalan sólo opositores o economistas heterodoxos: son referentes del propio universo liberal quienes advierten que el plan económico corre el riesgo de “marchitarse” si no logra quebrar la estanflación.
La palabra es incómoda, pero se repite: estanflación. Alta inflación con recesión. Una combinación que erosiona el poder adquisitivo, enfría la actividad y debilita el tejido productivo. Carlos Melconian fue directo: “El Gobierno a lo largo de dos años no ha logrado quebrar la estanflación”. Y dejó una advertencia que resuena más allá de su figura: “Si esto no termina en mejora de la calidad de vida de la gente, el sacrificio no tiene justificación”.
Los datos ayudan a entender la preocupación. En noviembre se destruyeron 28.800 puestos registrados: 13.100 en el sector privado, 13.000 en el Estado y 2.700 en casas particulares. Los salarios registrados cerraron 2025 con una caída real interanual de 2,1%, concentrada en el último cuatrimestre. El salario real privado cayó cuatro meses consecutivos hacia fin de año. Y el número de empleadores se redujo en casi 22.000 en dos años: persianas que bajan mientras el mercado mira la curva del dólar.
La industria tampoco ofrece señales de dinamismo: la utilización de la capacidad instalada cerró diciembre en 53,8%, por debajo del mes anterior y también del mismo mes del año previo. Es decir, menos máquinas funcionando, menos turnos, menos empleo potencial.
El interrogante es inevitable: ¿para qué sirve la calma financiera si la inflación no cede al ritmo esperado y la actividad no arranca? Juan Carlos de Pablo lo planteó en otros términos: el problema es la inflación, no la discusión sobre la canasta. Si con dólar estable o incluso en baja los precios siguen subiendo, la explicación no puede reducirse a la devaluación. La economía es más compleja que el eje “devaluomaníacos” versus “devaluofóbicos”.
Varios economistas coinciden en un punto sensible: el costo de sostener la estabilidad cambiaria con tasas altas. Marcos Buscaglia habló de una economía “a dos velocidades”: campo, minería y energía expandiéndose; industria y construcción, intensivas en empleo, cayendo. Miguel Kiguel, Domingo Cavallo y Ricardo Arriazu, desde distintos matices, señalaron el mismo dilema: cuando las tasas son elevadas durante mucho tiempo, el crédito se encarece, la inversión se posterga y la producción pierde atractivo frente a la renta financiera.
Aquí aparece el núcleo del debate. El error —según advierten incluso economistas cercanos al oficialismo— es suponer que la economía financiera y la economía real funcionan en compartimentos estancos. No es así. Las tasas que sostienen el carry trade y la calma cambiaria también moldean decisiones empresariales: invertir o especular, producir o financiarse. Cuando la renta financiera resulta más rentable y menos riesgosa que ampliar capacidad productiva, el capital se desplaza. Y la producción adelgaza.
La estabilidad financiera es condición necesaria, pero no suficiente. Ordenar el frente cambiario era imprescindible; nadie discute eso. Pero si la estabilización no se traduce en empleo, recuperación salarial y expansión del crédito productivo, el programa pierde legitimidad social. El sacrificio deja de ser un puente hacia algo mejor y empieza a parecer un callejón sin salida.
El desafío del Gobierno no es sostener la vidriera impecable, sino ordenar el depósito. Porque en última instancia, la economía no se mide por la cantidad de dólares en el sistema, sino por la calidad de vida de la gente. Y esa es la variable que, tarde o temprano, termina decidiendo el veredicto político.


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