
Hay proyectos que no comienzan en una cocina, sino en la memoria. En los gestos heredados, en el ritual del té compartido, en el pan casero que se parte con las manos y en el dulce que nunca faltaba sobre la mesa. Así nacen los alfajores de ruibarbo, hechos por las manos de una madre e inspirados en la Abuela Blanca, como una forma de volver a casa cada vez que el sabor despierta un recuerdo.














