INFO. GENERAL
Quiénes son y cómo piensan los Benegas Lynch, los «próceres» de Javier Milei

De larga tradición conservadora, la familia es responsable de la inserción y la divulgación del liberalismo en nuestro país, además de tener entre sus miembros a funcionarios de gobiernos militares. Por qué el líder de La Libertad Avanza los idolatra y qué relación tienen con Mauricio Macri.
Javier Milei los define como sus “próceres”. Todos con el mismo nombre, Alberto Benegas Lynch padre, hijo y nieto son los grandes responsables de la inserción y la divulgación de la ideología liberal en el país. El Alberto mayor, que murió en febrero de 1999, introdujo el pensamiento de la escuela austríaca en Argentina y es señalado por su apoyo a la dictadura fusiladora de 1955.
Su hijo, Alberto Benegas Lynch (h), es objeto de pasión por parte de Milei, y en las últimas horas reafirmó su postura a favor de la venta de órganos y en contra del aborto legal. «Estoy a favor de la venta de órganos y en contra del aborto porque, como dijo la Academia Nacional de Medicina, desde el momento de la concepción hay una persona de naturaleza humana que está en potencia de muchas cosas, al igual que usted y yo estamos en potencia de muchas cosas», sostuvo este miércoles en una entrevista con el empresario y periodista Jorge Fontevecchia.
El menor de la familia Lynch, «Bertie», es ahora candidato a diputado de La Libertad Avanza.
La familia Benegas Lynch
La familia Benegas Lynch viene de una larga tradición conservadora y liberal. El abuelo fue uno de los promotores de la llegada de esta ideología al país. Tras más de una década de estudios, en 1957 Alberto Benegas Lynchcreó el Centro de Estudios sobre la Libertad, desde donde convocó a dar una conferencia a dos economistas referentes de la Escuela Austríaca, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, este último partidario de «una dictadura liberal» y defensor de la dictadura de Augusto Pinochet en Chile.
Lo cierto es que, en nuestro país, Alberto Benegas Lynch no estuvo exento de apoyo a dictaduras militares. Así se explica en el libro De la refundación al ocaso: los intelectuales liberal-conservadores ante la última dictadura,de Vicente Martín, en donde se cuenta el apoyo del mayor de los Benegas Lynch a la autodenominada “Revolución Libertadora”, que derrocó y proscribió a Perón en 1955 y le dio al economista un puesto en la embajada en Estados Unidos.
Años más tarde apoyaría también, junto a José Martínez de Hoz y Álvaro Alsogaray, la dictadura de Videla en 1976.
Por su parte, Alberto Benegas Lynch (h) destacó siempre la influencia de su padre en su ideología. Así lo dejó en claro durante una entrevista: “Si no hubiera sido por mi padre seguramente no sé si hubiese sido troskista, pero al menos keynesiano», dijo. A lo que sumó: «Solo debido a la inmensa paciencia y perseverancia de mi padre, que me mostró otros lados de la biblioteca, pude zafar de los climas habituales del estatismo en sus diversas variantes».

El menor de la familia, conocido como «Bertie» Benegas Lynch, trabajó diez años en el Banco Santander y doce como director general de Universia Argentina hasta que decidió involucrarse en política de la mano de Milei. Su candidatura a diputado nacional no genera una gran sorpresa dado el vínculo cercano que tiene el titular de La Libertad Avanza con su padre.
¿Parientes del Che Guevara?
Claro, en la historia familiar de los Benegas Lynch también hubo otras realidades, y es que, si se indaga a fondo, se puede ver cómo comparten genealogía con el revolucionario comunista Ernesto “Che” Guevara. Un dato de color es que, al explicar su parentesco con el guerrillero, el padre del actual candidato a diputado reveló que sus padres son primos hermanos.
“En mi familia se ha hablado bastante del Che, ya que mi padre era primo hermano del suyo. El abuelo del sujeto de marras era una persona excelente, Roberto Guevara, casado con Anita Lynch, hermana de mi abuela materna. En tren de genealogía, consigno que soy más Lynch que Benegas, dado que tanto mi padre como mi madre descienden de dos de los hijos de Patricio Lynch, de quien desciende también el Che», explicó en una columna de opinión para un medio digital.
Pero, ¿quién es Benegas Lynch (h) y qué tiene que ver con Milei?
Alberto Benegas Lynch (h), el «prócer» de Milei, tiene 83 años, es doctor en Economía y Ciencias de la Dirección, miembro del Consejo Académico del Institute for Economic Affairs de Londres y está vinculado a diversos think tanks liberales de Argentina. Además, es autor de 20 libros.
Su relación con el líder de La Libertad Avanza viene de hace «muchos» años. El primer encuentro se dio cuando el autodenominado economista «anticasta» lo invitó a almorzar a un bar de Recoleta. «En esa reunión me impresionó su capacidad didáctica, de síntesis, su afabilidad y cordialidad», recordó Milei años más tarde.

De hecho, entrevistado por La Nación, Benegas Lynch (h) comparó a Javier Milei con Álvaro Alsogaray, un militar, economista y funcionario (como él) de la dictadura de 1955, luego designado embajador en Estados Unidos tras el golpe de 1966 y una importante figura en los gobiernos de Arturo Frondizi (1958-1962) y José María Guido (1962-1963). Alsogaray fue también muy cuestionado por su defensa del genocidio perpretrado por las Fuerzas Armadas en los años ’70.
Como si fuera poco, Alberto Benegas Lynch (h) fue una pieza clave en el acercamiento entre Mauricio Macri (de quien se mostró altamente crítico por considerar su política como una “catástrofe” poco liberal) y Javier Milei, ya que coordinó tres encuentros “muy cordiales y agradables” vía Zoom entre ambos dirigentes neoliberales.
Cómo piensa el «prócer» de Milei
En las últimas horas, Benegas Lynch (h) se hizo viral al dejar en claro que las declaraciones de Javier Milei a favor de la venta de órganos, que tantas críticas le generaron, no fueron un exabrupto, sino parte de su programa. Así de claro lo resumió, entrevistado por Radio Perfil: “Estoy a favor de la venta de órganos y en contra del aborto”.
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Para justificar esta posición, el «prócer» de Milei aseguró que esto no implica «que se obligue a la gente a vender sus órganos», sino «hacer con el propio cuerpo lo que uno le parezca». Así, comparó la prohibición de la venta de órganos con no permitir que se «vendan las vacunas o el alcohol en gel en el medio de los problemas en que estamos».
Pero la libertad que pregona Benegas Lynch (h) sobre el cuerpo llega únicamente hasta los órganos, ya que al hablar sobre el aborto su posición es contraria: “Hay muchos que son partidarios del homicidio en el seno materno, léase el aborto, y están en contra de la venta de órganos. Me parece que tienen una incoherencia fenomenal porque una cosa es matar a otra persona y otra distinta es hacer lo que a uno le parece con su cuerpo”, sostuvo.
Otras definiciones de Benegas Lynch
En un ensayo de opinión titulado ¿Qué es y de dónde sale la Agenda 2030?, Benegas Lynch (h) lanzó una serie de definiciones:
- “El redistribucionismo afecta de lleno la institución de la propiedad privada, la cual resulta vital para asignar los siempre escasos recursos”.
- “El denominado ‘ambientalismo’ (…) al atacar la propiedad privada perjudican grandemente el medio ambiente y promueven el empobrecimiento, al tiempo que se basan en datos erróneos”.
- “Las malas interpretaciones inherentes al calentamiento global (…) traslada costos a terceros afectando sus derechos debe ser penalizado igual que cualquier lesión a la vida, la libertad y la propiedad”.
- “La ‘igualdad de género’ que se opone a la diferencia biológica de la sexualidad entre hombre y mujer para en cambio transformarlo en un tema de autopercepción con lo que se apunta a facilitar el homicidio en el seno materno denominado ‘aborto’”.
INFO. GENERAL
Francisco, el papa latinoamericano para el mundo

Murió a los 88 años. Se proyectó como estadista y líder mundial. Nunca perdió su sencillez, predicó a favor de los pobres y descartados, promovió el diálogo y criticó el modelo económico depredador y excluyente. Los cambios que hizo en la Iglesia y lo que dejó pendiente.
Francisco, el papa latinoamericano que “los cardenales fueron a buscar al fin del mundo” como él mismo lo afirmó, entra en la historia de la Iglesia Católica y de la humanidad como aquella persona que, ejerciendo un liderazgo firme, dentro y fuera de las fronteras institucionales, supo entender los desafíos de la sociedad, desde su lugar ensayó las respuestas a su alcance y, sobre todo, tuvo la capacidad de interpelar a propios y extraños con su mensaje profundamente humano.
De esta manera Jorge Bergoglio logró dejar huella en la vida de muchas personas, también en gran parte de quienes no lo reconocieron como su líder espiritual o religioso. En el escenario de un mundo contemporáneo atravesado por los conflictos y las guerras y, al mismo tiempo, carente de voces y de referentes que iluminen los senderos de la fraternidad entre las personas y los pueblos, Francisco marcó presencia.
Como componente esencial de su misión el Papa predicó y puso en práctica lo que él mismo denominó “la cultura del encuentro”. Porque, como lo escribió en su autobiografía recientemente publicada bajo el título “Esperanza”, “solo quien levanta puentes sabrá avanzar; el que levanta muros acabará apresado por los muros que él mismo ha construido. Ante todo quedará atrapado su corazón”.
Francisco: el hombre común
Se proyectó como estadista y líder mundial, sin perder la sencillez característica de la historia personal de este porteño (“dentro de mi alma me considero un hombre de ciudad”), el mayor de cinco hermanos nacidos todos en el barrio de Floresta en Buenos Aires, y que aún en el Vaticano siguió reconociéndose como “cuervo” por su afición a San Lorenzo. Sin embargo, cuando le anunciaron que en su regreso a la avenida La Plata el nuevo estadio podría llamarse “Papa Francisco” dijo claramente que “la idea no me entusiasma”.
La elección como Papa le cambió la vida a Jorge Bergoglio. Pero una vez convertido en Francisco hizo lo posible por mantener los rasgos de humanidad y de hombre común que hacían que en Buenos Aires, y ya siendo cardenal, siguiera viajando en subte para ir a su despacho en la curia porteña. “Me gusta caminar por la ciudad, en la calle aprendo” decía. Su nueva condición lo obligó a muchas restricciones, pero en lugar de habitar un palacio vaticano eligió vivir en la residencia Santa Marta, una especie de hotel religioso que recibe a obispos y sacerdotes que viajan a Roma por motivos eclesiásticos. Allí trasladó incluso muchas de sus audiencias, sobre todo cuando se encontraba con la gente más cercana por motivos personales o pastorales. Santa Marta fue su casa. Hasta allí le alcanzaron los zapatos “gomicuer” que pidió a sus amigos que le llevaran desde Buenos Aires tras descartar el calzado rojo que usaba su antecesor Benedicto XVI. También desde allí, o desde cualquier lugar del mundo donde estuviera de visita, cada domingo por la noche Francisco cumplía en llamar por teléfono a Buenos Aires a su hermana María Elena, la única sobreviviente de su familia. Ha dicho que no ver a su hermana es de los desprendimientos que más le costó.
Se reconocía como amante de la música y del tango. “La melancolía ha sido compañera una compañera de vida, aunque de manera no constante (…) ha formado parte de mi alma y es un sentimiento que me ha acompañado y que he aprendido a reconocer”.
Desde 1990, a raíz de una promesa religiosa, no volvió a mirar televisión y se mantenía informado por otros medios.
“Plan de gobierno”
La elección de Bergoglio como papa Francisco, que cambió la vida de la Iglesia Católica, también modificó profundamente la manera de relacionarse del catolicismo con la sociedad, en el mundo y en cada país y región.
Ni siquiera los más cercanos, aquellas y aquellos que conocían sus pensamientos y que habían seguido su trayectoria, habrían podido imaginar aquel 13 de marzo de 2013 el «plan de gobierno» que Jorge Bergoglio tenía en su mente cuando fue ungido como máxima autoridad de la Iglesia Católica. Quizás tampoco había pasado por su cabeza esa posibilidad a pesar de la experiencia acumulada en sus años como superior provincial de los jesuitas en Argentina (1973-1979), en plena dictadura militar, o en su tarea como obispo auxiliar (1992-1998) y luego como arzobispo de Buenos Aires (1998-2013).
No pocos sostienen que la vida de Bergoglio tuvo un vuelco fundamental por su participación en la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Aparecida, Brasil, 2007) en la que el entonces arzobispo porteño recibió un baño de ”latinoamericaneidad” en su contacto con sus colegas obispos de la región y, en particular, con los de Brasil. Esto es lo que lo llevó a escribir en sus memorias que “mis raíces son también italianas, pero soy argentino y latinoamericano. En el gran cuerpo de la iglesia universal, donde todos los carismas ‘son una maravillosa riqueza de gracia’, esa iglesia continental tiene unas características de vivacidad especiales, unas notas, colores, matices que también constituyen una riqueza y que los documentos de las grandes asambleas de los episcopados latinoamericanos han manifestado”.
Hasta entonces el “porteño” Bergoglio, como buena parte de los argentinos, se había mantenido distante de América Latina. También en términos eclesiásticos por su cercanía a la “teología de la cultura” que aprendió de su maestro Juan Carlos Scanonne y más alejado de los teólogos de liberación como el peruano Gustavo Gutiérrez o el brasileño Leonardo Boff. Con ambos se encontró y se abrazó después una vez que estuvo en el Vaticano. Bergoglio se hizo latinoamericano en Aparecida. Y con ese bagaje llegó al consistorio que lo eligió Papa.
Pocos días antes de su muerte, la teóloga argentina Emilce Cuda, a quien el Papa llevó a Roma como una de sus más estrechas colaboradoras, fue enfática al señalar que la teología de Franscisco ha sido “la teología” a secas, rescatando las raíces del pensamiento cristiano a lo largo de la historia para ponerla a dialogar con los desafíos de la actualidad de la Iglesia y del mundo.
Referente mundial
El tiempo y sobre todo los gestos de Francisco fueron dejando en claro la propuesta y las huellas que el primer papa latinoamericano deseaba establecer como impronta a su gestión. Fue así que su primer viaje político-pastoral lo llevó hasta Lampedusa, para encontrarse con los inmigrantes ilegales expulsados de su territorio que huyen desesperados en busca de la vida. A ellos y al mundo les reafirmó con un gesto de cercanía y solidaridad su prédica en favor de los pobres, los descartados y de sus derechos.
Desde allí, sin abandonar su impronta religiosa, el Papa comenzó a construir su condición de referente mundial más allá de las fronteras de la Iglesia Católica convirtiéndose en interlocutor de jefes de estado, de dirigentes sociales, políticos y culturales. En un mundo con liderazgos en crisis y enfrentando los desafíos de la realidad Francisco eligió el camino del diálogo y del encuentro con los diferentes, desde la realidad de los pobres y reclamando por sus derechos.
Sus ideas quedaron plasmadas en muchos de sus documentos y alocuciones públicas pero sobre todo en las encíclicas Laudato Si (2015), sobre “la casa común”, el cambio climático y el cuidado de los recursos naturales, y Fratelli Tutti (2020) acerca de la amistad y la fraternidad social.
Pero Francisco fue, de muchas maneras, un líder incómodo, para los gobernantes y los poderosos del mundo. En particular por sus llamadas a atender los problemas de sobre explotación de los recursos naturales en desmedro del cuidado de la naturaleza, las críticas de un modelo económico depredador y excluyente y las advertencias sobre el “descarte” que se evidencia en las migraciones masivas, las guerras y la pobreza creciente.
Los pobres y la guerra
En su transitar Francisco se convirtió en vocero de los descartados y los pobres, pero también en aliado de quienes salieron en defensa de los derechos de estas personas y comunidades. Puede decirse que el discurso pronunciado el 9 de julio de 2015 por el Papa ante el auditorio plural de los movimientos sociales reunidos en Cochabamba (Bolivia), cuyo eje fue su proclama de «las tres T» (tierra, techo, trabajo), constituye una suerte de síntesis doctrinal que, en otro tono y con distinto despliegue, Francisco había expresado de manera sistemática y con base teológica en Laudato Sí. Una gran suma que, a contracorriente de las fuerzas del capitalismo mundial, se alzó en favor de los pobres y sus organizaciones, criticó a los poderes hegemónicos y lanzó un llamado a la paz. Una militancia pacifista que Bergoglio apoyó con sus acciones y las del Vaticano en cada lugar de conflicto en cualquier rincón de la tierra. En esta tarea los movimientos sociales fueron elegidos permanentemente como aliados e interlocutores, convocados y sentados a la mesa de las conversaciones con el Papa.
A través de sus acciones Francisco también consolidó su idea de que a las grandes religiones monoteístas del mundo y a sus dirigentes le cabe la responsabilidad de encontrar salidas a la guerra mundial traducida en multitud de conflictos acotados o guerras regionales por disputas territoriales, cuestiones de soberanía, enfrentamientos políticos, étnicos o raciales. “No existe la guerra inteligente; la guerra solo sabe causar miseria; las armas, únicamente muerte” afirmó.
En octubre de 2022 organizó en Roma un gran encuentro de líderes religiosos mundiales por la paz. Pero antes y después se reunió en Irak, con el Gran Ayatolá Sayyid Ali Al-Husayni Al-Sistani, líder de la comunidad chií del país, en Ulaanbaatar con once líderes de diferentes confesiones y, más recientemente, en Indonesia junto al iman Nasaruddin Umar visitó el ‘túnel de la Amistad’ que conecta la mezquita Istiqlal con la catedral de Nuestra Señora de la Asunción.
En la propia Iglesia
Hacia el interior de la misma Iglesia Católica el papa Francisco impulsó muchas líneas que conectan directamente con iniciativas inauguradas en el Concilio Vaticano II (1962-1965), impulsadas por el papa Juan XXIII (1958-1963 ) y continuadas por Paulo VI (1963-1978), pero que tuvieron frenos y retrocesos con Juan Pablo II (1978-2005) y Benedicto XVI ( 2005-2013).
De esta manera Bergoglio insistió en la idea de “una iglesia de puertas abiertas” con capacidad de acogida para todas y todos, sin ningún tipo de restricciones, en diálogo con la sociedad y enfrentando los problemas comunes. Esto implicó también reformas profundas en las estructuras eclesiásticas, con más espacios para los laicos y en particular para las mujeres, pero también desde una perspectiva eclesiológica que buscó protagonizar el “sacerdocio común de los fieles” incluso antes que el sacerdocio ministerial.
Con esa intención Francisco propició, a través de los sínodos (universal y regionales) una Iglesia más participativa que puso en crisis el modelo estrictamente jerárquico, piramidal y romano céntrico. Ello trajo aparejado también la decisión de enfrentar los problemas de abusos, la pederastia y la corrupción dentro de la estructura eclesiástica.
Bergoglio acompañó este proceso con reformas de la curia vaticana, recambio de los responsables y nuevos nombramientos para rodearse de figuras de su confianza. También hubo cambios mediante la designación de obispos más jóvenes y cercanos a la perspectiva eclesiológica de Francisco.
Nada de esto ocurrió sin resistencias y enfrentamientos. En el mundo, pero también en la Argentina donde paradójicamente los sectores católicos más conservadores, empresarios y representantes del poder que vieron en Francisco la continuidad de un cardenal Bergoglio, que en su momento y sin considerarlo como del propio palo, nunca les resultó incómodo. Rápidamente se sintieron defraudados por las iniciativas y las propuestas del Papa que acentuó los rasgos más latinoamericanistas del entonces cardenal de Buenos Aires y radicalizó su perspectiva en favor de los pobres, de los excluidos y de sus derechos.
El poder se disgustó con Francisco y no lo disimuló. También los sectores conservadores de Iglesia incluidos algunos obispos se sintieron molestos con Bergoglio, aunque estos últimos se mantuvieron dentro de los márgenes de discreción que impone la propia Iglesia.
A nivel mundial también las intrigas y las conspiraciones fueron en aumento. Integrantes del colegio cardenalicio que habían ido a buscar a un papa latinoamericano y seleccionaron a un argentino porque siendo tal era el «más parecido» a los europeos se sintieron frustrados en sus expectativas.
En más de una oportunidad los sectores más conservadores se rasgaron las vestiduras ante lo que consideraron excesivas concesiones de Bergoglio, tanto en sus mensajes como en su estilo pastoral. Francisco no se inquietó demasiado por ello. Siguió tomando decisiones con conciencia de los problemas que enfrentaba e incluso utilizó la energía y el respaldo que le llegaba desde afuera para dar batallas en el seno de la propia Iglesia.
Siempre apareció convencido de la tarea que debía enfrentar: avanzar y profundizar la reforma de la Iglesia hacia una forma de gobierno y de participación más sinodal, más horizontal y plural que renueve la vida del catolicismo.
Si bien se dieron pasos sustanciales en ese sentido, quizás sea esta la tarea inconclusa que deja Francisco y que quedará en manos quien lo suceda en el pontificado. Una designación que dependerá de una elección incierta y sin candidatos a la vista, aun teniendo en cuenta la profunda renovación que Bergoglio hizo en el colegio cardenalicio que escogerá al nuevo papa.
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